jueves, 28 de septiembre de 2023

Eliseo Diego, poemas del alma

En conmemoración del centenario del nacimiento de este grande de las letras, les comparto algunos poemas de su autoría...

Laydis Soler Milanés
en Exclusivo 06/07/2020
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Eliseo Diego 2
Eliseo Diego

“La poesía no es un lujo, sino una necesidad que debe satisfacerse. Comencé a escribir cuando sentí la nostalgia de lo que me faltaba. Lo hice como una necesidad“, así se refería al arte que dio vida Eliseo Diego, poeta cubano nacido en La Habana en 1920.

Este fundador del grupo Orígenes y Premio Nacional de Literatura, es de las grandes figuras de nuestro país. Las calles de su ciudad, lo maravilloso e íntimo de lo cotidiano, son parte de su obra, junto a la sensación de paz que la inunda. La melancolía, reflexión sobre la vida, el amor, son algunos de los temas que aborda.

En los poemas de Eliseo Diego se disfruta esa cercanía con el lector por su tono conversacional, y esa forma de compartir su experiencia de la realidad, la que definía como “una fuente inagotable de enigmas”, en una entrevista que le hiciera Ciro Bianchi en 1993.

Sin más, les comparto algunos poemas de Eliseo Diego, para que les llegue cerca su única voz.

Comienza un lunes

La eternidad por fin comienza un lunes
y el día siguiente apenas tiene nombre
y el otro es el oscuro, el abolido.
Y en él se apagan todos los murmullos
y aquel rostro que amábamos se esfuma
y en vano es ya la espera, nadie viene.
La eternidad ignora las costumbres,
le da lo mismo rojo que azul tierno,
se inclina al gris, al humo, a la ceniza.
Nombre y fecha tú grabas en un mármol,
los roza displicente con el hombro,
ni un montoncillo de amargura deja.
Y sin embargo, ves, me aferro al lunes
y al día siguiente doy el nombre tuyo
y con la punta del cigarro escribo
en plena oscuridad: aquí he vivido.

Arqueología

Dirán entonces: aquí estuvo
la sala, y más allá,
donde encontramos los fragmentos
de levísimo barro, el sitio
del calor y la dicha.
Luego

vendrá una pausa, mientras
el viento alisa los hierbajos
inconsolables; pero
ni un soplo habrá que les evoque
la risa, el buenas tardes,
el adiós.

El día de los otros

Cuando por fin mañana sea de veras,
cuando mañana sea mañana,
definitivamente la mañana de los otros,
qué poco va a importarte a ti
lo que empezaste con afán ayer
y era imposible que nadie sino tú
con afán le diese fin a tiempo.
Cuando mañana sea mañana.
 
Cuando por fin amanezca el día de los otros,
absolutamente el día en que no estás,
qué solos van a quedarse tus zapatos,
y sabiendo que a ti qué más te da
colgarán tus camisas de las perchas
con cuánto imaginario desconsuelo.
Porque cuando amanezca el día de los otros
de veras que va a darte qué más da.
 
Suponte entonces otra forma de ser tú
Mientras los otros huelen el sol que ya no ves
y piénsate un estar que no es aquí
donde no escuchas la impertinencia del reloj
y llámalo la eternidad.
Cómo pensar que entonces no va a importarte tu mujer
Ni te harán gracia las bromas de tus hijos ya
porque no sabes tú de ti ni qué.
 
Y así no entiendes tú la eternidad –ni yo.

Entre la dicha y la tinieba

Como quien toca con un dedo
la punta fría del agua,
mareándose de sólo
su transparencia demasiada,
me he puesto yo a mirar
el no ser infinito que me aguarda.
Los soldados de plomo
están apenas en su caja
y entre la dicha y la tiniebla
no queda sino el filo de la lámpara.
Qué poco todo, mi amor.,
y cómo es corta la esperanza,
cuando venimos a verla
ya se nos acaba
y están los hijos corriendo
más allá de la mañana.
Pienso en la tialola
de alguna familia egipcia o franca
y en el sabor de sus pasteles
que ya no saben más a nada,
y entonces nuestras bromas
van y se me atragantan
mirando que algún día
tendrá otro que inventárnoslas.
Contemporáneo de los Césares
y de Moisés y la Pequeña Juana
y de abolidos albañiles
colgados como arañas
sobre la piedra de los siglos,
sobre su cara mala,
todo el pesar del tiempo
me va a caer sobre la cara.
Como quien toca estremeciéndose
la punta fía del agua,
miro la noche tanto
más grande que mi casa,
la noche tnato más enorme
que toda la Vía Láctea,
y abajo mi conciencia
como una vela en una iglesia abandonada.
Qué poco todo, qué poco,
para tanta sombra
—tanta.

Viajes

Un patio de la Víbora
donde la sombra crece hasta el silencio
en árboles y hierbas y amarguras
y llagas del adobe, tiene
también palmeras de otro mundo
grabadas en el aire quieto.
Salir al patio, entrar en el aroma
ruinoso de los años, es un poco
viajar al otro extremo de la vida
y estar como no estando,
en la penumbra
de donde todo viene, adonde
todo se va, por fin, a ser silencio.

Testamento

Habiendo llegado al tiempo en que
la penumbra ya no me consuela más
y me apocan los presagios pequeños;

habiendo llegado a este tiempo;

y como las heces del café
abren de pronto ahora para mí
sus redondas bocas amargas;

habiendo llegado a este tiempo;

y perdida ya toda esperanza de
algún merecido ascenso, de
ver el mar sereno de la sombra;

y no poseyendo más que este tiempo;

no poseyendo más, en fin,
que mi memoria de las noches y
su vibrante delicadeza enorme;

no poseyendo más
entre cielo y tierra que
mi memoria, que este tiempo;

decido hacer mi testamento.
Es
éste: les dejo

el tiempo, todo el tiempo.


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Laydis Soler Milanés

Periodista, amante de la literatura y de la buena música.


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