miércoles, 8 de febrero de 2023

El VAR, esa fina línea entre legalidad y prostitución

La presencia de la tecnología, al menos en el fútbol, no siempre es sinónimo de calidad y diversión…

Haroldo Miguel Luis Castro
en Exclusivo 01/01/2019
1 comentarios
Joao Fazenda
Sin embargo, aunque nos cueste admitirlo, uno de los placeres del balompié siempre ha sido (y será) discutir y polemizar

Solo segundos faltaban para el pitazo final de aquel encuentro. Durante poco menos de 90 minutos Juventus y Roma, dos de los conjuntos históricos del calcio italiano, protagonizaron una verdadera batalla campal que amenazaba con romper el corazón e importunar la navidad a más de uno. Salvo por un testarazo del espigado Mario Mandzukic´ que terminó irremediablemente con el balón en el fondo del arco, la zaga de los Giallorossi se encargó de cerrar el paso a cuanto forastero pretendió adentrarse mucho más allá de sus tres cuartos de cancha.

Daba igual si la cosa iba por arriba o por abajo. Para cada intento se aplicaba la misma estrategia: apretarse como dentro de una lata de sardinas y “reventar” el cuero para salir al contraataque. Una y otras vez La Vecchia Signora lo intentó, y una y otra vez fue rechazado. El partido correspondiente a la fecha 17 de la Serie A comenzaba a fallecer. Davide Massa, el referee principal de la ocasión, se disponía a poner fin a las hostilidades con dos toques de diana y el balón, como quien quiere tener una última oportunidad de despedirse, llegó a los pies de Cristiano Ronaldo.

El luso la tomó y entre fintas y bicicletas logró arrinconarse en el borde del área grande por el costado derecho. Cuando todo estuvo listo, con uno de esos pases fáciles visto desde la distancia, la dirigió muy cerca del rectángulo chico para que terminara su trayectoria incrustada en la red gracias al oficio del recién ingresado Douglas Costa.

De esta forma parecía ponerse punto final a un encuentro trepidante; y digo “parecía” porque tras haber explotado toda una tribuna en clara celebración, el silencio se apoderó del Allianz Stadium a causa del gesto realizado por el colegiado con ambas manos. La jugada se iba a revisar. Luego de un suspenso similar a la teatralidad de las novelas, todo quedó acarado: la anotación fue anulada debido a una falta cometida por el francés Matuidi sobre Zaniolo al tratar de conectar. 

Así, terminó la historia de un partido trepidante y de un gol que nunca existió. Después de cumplir mejor de lo esperado la prueba de fuego en el última Copa del Mundo, el videoarbitraje o, simplemente el VAR, consiguió enamorar a los mandamases de las principales competiciones europeas al punto de no concebirse una de estas sin la presencia de tan sofisticada técnica.

En un abrir y cerrar de ojos, el fútbol se contagió con el mal de la tecnología. Sus puritanos defensores, como si descubrieran el agua fría, delegan en este la misión de conseguir más y mejor justicia sobre la cancha (sobre aquellas que pueden permitírselo.) cuando los sentidos de los árbitros no alcancen para ello.

En realidad, la argumentación tiene su pizca de sentido. Cada fin de semana somos testigos o víctimas de alguna que otra pifia por parte de los de amarillo. Desde pitar o no un off-side, hasta anular un gol por cualquier aberrante e insólita justificación, si de errores hablamos, no temo pecar por exagerado al afirmar que hemos visto de todo. Sin embargo, aunque nos cueste admitirlo, uno de los placeres del balompié siempre ha sido (y será) discutir y polemizar. Como aficionado, también he sentido la presión sanguínea por las nubes y hasta he entablado combates a muertes con el televisor ante decisiones que no me han agradado. ¿Acaso no es eso la pasión que irradia un deporte como este?

Sabe a hipocresía pretender “perfeccionar” un juego creado y practicado por seres imperfectos de cabo a rabo. Antes, una vez pitado el chícharro o la falta no había vuelta atrás, ahora no tanto. La llamada “justicia” conspira contra la emoción y la burocracia contra el clímax. El VAR no es más que el triunfo de la duda en un juego históricamente movido por las certezas.

No se trata de caprichos o de posturas contranatura, se trata de respetar el instante del llanto, la risa o el grito que desprende una anotación, de evitar a toda costa profanar realidades en un mundo repleto de espejismos e ilusiones como el nuestro. Si para muchos el balompié representa la oportunidad de compartir, crecer, soñar…  y equivocarse. ¿Por qué tratamos de remendar lo que nunca estuvo roto?


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Haroldo Miguel Luis Castro

Periodista y podcaster

Se han publicado 1 comentarios


CSAD
 6/4/19 21:09

Interesante articulo

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