La insuficiencia renal crónica (IRC), también conocida como enfermedad renal crónica (ERC), se refiere a la disminución gradual y permanente de la capacidad funcional de los riñones. Estos órganos dejan de realizar correctamente la filtración de desechos y líquidos en exceso en la sangre, lo que provoca su acumulación en el cuerpo. La progresión de la enfermedad es lenta y puede abarcar meses o años, y frecuentemente se asocia con problemas como la diabetes, la hipertensión o trastornos genéticos.
Con la reducción de la función renal, pueden manifestarse síntomas como fatiga, inflamación en las piernas o los párpados, orina espumosa, náuseas o problemas de concentración. Sin intervención médica, la insuficiencia renal crónica puede avanzar hasta fases en las que se necesite diálisis o un trasplante de riñón. Identificar la enfermedad a tiempo y manejar las condiciones que la provocan ayuda a ralentizar su evolución.
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La dieta en la insuficiencia renal crónica
La alimentación es clave en la insuficiencia renal crónica (IRC), ya que minimiza la carga de trabajo de los riñones. Cuando estos órganos pierden parte de su habilidad para eliminar desechos, algunos nutrientes pueden acumularse en el torrente sanguíneo y ser dañinos. Modificar la dieta ayuda a controlar esos niveles y favorece que la función renal se deteriore más lentamente. Por este motivo, la nutrición se considera un pilar crucial del tratamiento, junto con los medicamentos y el manejo de las enfermedades subyacentes.
Un elemento importante es regular la cantidad de proteínas consumidas. Aunque son esenciales para el cuerpo, al ser metabolizadas producen desechos que los riñones deben procesar. En los primeros estudios, se suele aconsejar una reducción moderada de la ingesta de proteínas para aliviar esa carga, mientras que en etapas avanzadas o bajo diálisis, los requerimientos pueden variar. Este balance debe ser supervisado por un profesional de la salud para prevenir la malnutrición o el consumo excesivo.
La dieta también es fundamental para controlar minerales esenciales como el sodio, potasio y fósforo, que pueden llegar a niveles peligrosos si los riñones no funcionan correctamente. Disminuir la sal ayuda a mantener la presión arterial y prevenir la retención de líquidos; limitar el potasio y fósforo, cuando sea necesario, evita problemas como arritmias o daño en los huesos. Asimismo, una adecuada hidratación y el monitoreo de la cantidad de líquidos consumidos son cruciales en las etapas avanzadas de la enfermedad.
Finalmente, seguir una alimentación adecuada contribuye al bienestar general y a la prevención de complicaciones derivadas de la insuficiencia renal crónica. Una dieta bien estructurada puede aumentar la energía, estabilizar los niveles de glucosa en personas diabéticas, controlar el peso y frenar la progresión del daño renal. Por ello, es aconsejable que cada paciente reciba asesoramiento de un nutricionista o profesional médico especializado para establecer un plan dietético personalizado.
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