martes, 23 de julio de 2024

Del reparto y la vulgaridad (por un debate sobre el Lucasnómetro) (I)

Se trata de un fenómeno complejo que ha provocado más pavor y repulsa que la atención necesaria...

José Ángel Téllez Villalón
en Exclusivo 07/09/2023
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Gala Lucasnómetro
La trasmisión por Cubavisión de un resumen de las galas del Lucasnómetro de Verano generó un debate en las redes (Foto:Tomado del perfil en Facebook de Lucas).

Una “verdadera desgracia” para la música del país, reflejo de “la ignorancia y la degeneración” que ha contaminado la música cubana. Pues, no, que no se habla del reggaetón, sino del son. Así opinaba del género que hoy nos identifica el compositor Luis Casas Romero; diez años después de que un grupo de soldados que lo bailaba en Guanabacoa había sido arrestado y acusado por inmoralidad.

El ahora patrimonio inmaterial de la nación fue rechazado en sus orígenes por ser oriental, que era una forma amable de decir que era africano, y porque carecía de sofisticación, la manera de plantear que era para la clase baja, como lo señala Louis A. Pérez en su libro Ser Cubano.

“Lascivo y licencioso, notablemente lujurioso”, calificó el crítico musical Earl Leaf a cierto “baile de contorsiones de la jungla africana” según lo vio y valoró otro estadounidense, Sydey Clark, en “oscuros lupanares de la ciudad”. Se trataba de la rumba, “música sincopada” objetada por el ministro estadounidense Bouz Long en carta al Departamento de Estado; porque sus danzas sensuales, advertía, “con frecuencia se tornan indecentes” y “tienen el efecto de crear un espíritu de chusma”.

Para la burguesía de entonces, la noción de que el son o la rumba simbolizaban a Cuba, era tan inconcebible como inadmisible. En 1940, el secretario de Educación, Juan J. Remos, denunció a los clubes que tenían a la rumba como atracción, porque los turistas no podían entender al país visitando esos lugares, “porque ninguno de ellos, ni el baile ni la música de la rumba, son típicos de Cuba”.

Recordé tales lecturas frente alguno comentarios que circularon por nuestro ciberespacio a raíz de la trasmisión el pasado domingo, por el canal Cubavisión, de un resumen de las ya tradicionales galas del Lucasnómetro de Verano, preámbulo de los Premios Lucas.

Aunque en este caso no se manifiesta solo la resistencia al cambio, ni en todos los casos es la histórica reacción conservadora ante lo nuevo que viene de abajo o choca por distinto a lo que se considera culto. Sí, en algunos comentarios hay algo de aquello tantas veces visto, en nuestro país como en todo el mundo.

Está pasando lo que sucedió más al Norte con el jazz, considerado “la música del diablo”, y como años después con el rock & roll; por ser cosas de negros, por no entenderlos o por no ser de su gusto, porque no querían ver alterado su estatus. Hay estallidos de pánico moral y de cruzadas contra un género que se estigmatiza, pero también hay razones para la alarma y la acción consecuente, en una sociedad socialista, cuya constitución está presidida por el anhelo martiano de que “ley primera sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”. 

Se trata de un fenómeno complejo que ha provocado más pavor y repulsa que la atención necesaria, desde diversas instituciones y con la participación mancomunada de muchos actores. No ha estado bien desconocer al género como un fenómeno cultural de la Cuba de hoy, o culpar al proyecto televisivo Lucas de su existencia y preponderancia en el gusto de nuestros jóvenes.

“Está bien que se disparen las alarmas ante la vulgaridad reiterada y extrema, y a menudo vendida y comprada como si fuera arte”, apuntó el incandescente Luis Toledo Sande. Pero este mal no se concentra en un género, ni en un determinado concierto, “pulula en las calles, en los medios de transporte, en los mercados, en los espacios públicos en general, y hay indicios de que se manifiesta incluso en escuelas, y quién sabe en cuántas familias. Es algo que se debe enfrentar, combatir, erradicar”.

Resulta innegable la vulgaridad, la cosificación y la violencia simbólica contra las mujeres en muchas, demasiadas, propuestas del género urbano y urge criticar la proyección misógina y patriarcal de muchas de las letras del llamado reparto. Mas, no considero pertinente meterlo a todos en el mismo saco, no es lo mismo Bebeshito que Charly y Johairon o Alex Duval, por poner ejemplos entre los que participaron en las tres galas en el Yara, junto a exponentes de otros géneros.

Lo reconoce el propio Cruzata, quien valora como un error y una vergüenza de los organizadores “incluir el tema Hacha de Bebeshito, a pesar de todo el nivel de popularidad entre los jóvenes, es un juego evidente con el doble sentido sexual, y tiene momentos cutres, de mal gusto, además”. “Y lo asumimos con vergüenza, como siempre, es un error doble pues tenemos una sección de crítica dónde se han criticado fuertemente manifestaciones éticas como las señaladas a este tema”.

Sobre el reparto se podrían postear muchos comentarios, como variopintas investigaciones y análisis. Desde diversos campos, estéticos, sociológicos, políticos y hasta económicos, con salidas distintas según los estratos teóricos o filosóficos y según la empatía, más elitistas o más fraternales. Todas aportarían miradas y resultados valiosos, como acercamientos en la búsqueda de ciertas verdades y de diagnósticos, para las tomas de decisiones.

En ese camino, urge respondernos, con rigor y sin prejuicios, si puede hablarse de un reggaetón cubano, si es el llamado reparto, y si pesa más en sus distingos lo musical o lo discursivo. Si es más que una expresión de nuestra cultura popular, la proyección en nuestro patio de la trasnacional cultura de masas, si responde más a motivaciones identitarias que a las esnobistas.

Reflexionar también sobre si resultó el campeón entre otras representaciones, ya por el impulso de un acumulado cultural hambriento de novedad, del escape de luchadores frente a la precariedad que se vive en algunos de nuestros barrios, o del cálculo de emprendedores con una brújula miamera. Si, en definitiva, es asumido por sus exponentes como arte o como un negocio, como búsqueda creativa o facilismo rentable.

Para el Barón de Montesquieu, “la perfección de las artes consiste en presentarnos las cosas de modo que nos produzca el mayor placer posible”. Entonces, habría que analizar cuánto y por qué ha cambiado el arte musical contemporáneo, con sus nuevos modos de producir placer. Y en qué medida ha cambiado su foco. Si no es tan válido como complacer el alma, satisfacer al cuerpo, tanto los placeres naturales como los que el propio maestro y académico califica como placeres adquiridos.  

Sin obviar que desde ese marco moderno, eurocentrista y elitista se ha equiparado la estructura (y el orden) de la sociedad con la del cuerpo humano. En tal framing, se significa como valioso lo de arriba y como bajo lo de abajo. Desde este surgen frases como las del barón francés: “Lo bajo es lo sublime del pueblo, quien goza en ver una cosa hecha para él y a su alcance. Las ideas que se le ocurren a las gentes cultas y de amplio espíritu son naturales, nobles o sublimes”. 

Un marco de significación que prevalece hasta el presente, desde el que se despreció el son o la rumba, y ahora en el presente al reggaetón o al reparto.  Aunque ya no se tientan a separar del cuerpo el alma y el espíritu, se colocan éstas en la cabeza y en el corazón. De modo que el buen arte, el sublime, es aquel que se enfoca en tales partes. Del pecho o de la cintura para arriba. Donde, no por gusto, se aboga desde la superioridad intelectual, funcionan los órganos de los sentidos. Bien cerquita de la razón cerebral y de la corona.

En el extremo de esta lógica, el arte civilizado es el creado para pensar y el bárbaro o trival, para mover el cuerpo. El sublime es el clásico, de raíz europea, rico en acordes y con más complejas armonías. El otro, el africano, más rítmico y percutivo, convoca a la indecencia y empobrece el espíritu.

Más pernicioso resultaría confundir lo histórico con lo interesadamente normalizado. O como diría nuestro Martí, lo natural con lo artificioso. Sería ingenuo, a lo menos, no profundizar si los contemporáneos cambios en el arte/negocio musical redundan en una evolución o en una involución del homo sapiens. Si el corrimiento de los focos, como de los criterios de significación que valorizan o cotizan la música, informan de un progreso (inevitable y normal) o son la proyección en las prácticas músico-danzarías de una hegemónica racionalidad capitalista, de los cálculos e inversiones de unas élites insaciables, interesadas y excluyentes.

Como descartar de tajo, desde nuestros imperativos y contextos, su imbricación con otras estrategias de colonización cultural y subversión ideológica del socialismo cubano.


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José Ángel Téllez Villalón

Periodista cultural


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