Bloqueo EE.UU. contra Cuba

Bloqueo de EE.UU.: Una misma causa y muchas respuestas (+Infografía)

Compleja y difícil de resolver, la ecuación que plantea a Cuba desarrollarse como nación mientras persisten las medidas que le prohíben abrirse al mundo moderno...

Frank Agüero Gómez

13/11/2012

EXCLUSIVO

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Cuando a un cubano o cubana residente en el país se le pregunta cuánto le afecta en su vida personal el bloqueo del gobierno de Estados Unidos, la respuesta puede ser tan diversa como sorprendente.

De los efectos de ese bloqueo saben bien especialistas y trabajadores que laboran en sectores fundamentales de la producción y servicios básicos de la nación, quienes sufren la ausencia, demoras y encarecimiento de materiales y equipos para una gestión más eficiente,

A veces la carencia puede parecer poco significante por su valor económico, pero resulta fundamental si se trata de un aditamento sin el cual puede inutilizarse un costoso equipo para detectar raras alteraciones celulares, de cuyo funcionamiento depende un diagnóstico médico preciso que pudiera evitar complicaciones o muertes anticipadas.

Casos como ese viven a diario no solo los profesionales de la salud pública. También conocen de ellos, en sus respectivos oficios, quienes laboran en el transporte, la educación y prácticamente cualquier esfera de las muchas que la ciencia, la tecnología y la experiencia han desarrollado para beneficio humano.

Audacia, creatividad, confianza en sus conocimientos y búsqueda de respuestas en otras experiencias, dentro y fuera de las fronteras, han permitido muchas veces prolongar utilidades de piezas y maquinarias más allá de las garantías de sus productores originales.

Como se conoce, el castigo impuesto al pueblo cubano convierte en trasgresión de leyes norteamericanas la adquisición por autoridades de la Isla de cualquier bien o servicio generado en Estados Unidos: desde una simple gasa u otro aditivo de uso farmacológico, hasta un programa de computación producido en territorio norteamericano, con materiales procedentes de este país o fabricados en filiales de entidades estadounidense en terceras naciones.

Del mismo modo es punible comerciar cualquier bien material o intelectual de factura estadounidense que necesite la Isla, y se imponen altas penas a quienes se atrevan a adquirir o comercializar productos cubanos, sean mariscos, rones o tabaco, por citar los más demandados, o novedades originales de la industria biofarmacéutica que pudieran beneficiar a pacientes norteamericanos.

Resulta entonces una ecuación bien compleja de resolver para cualquier nación sometida a tales prohibiciones, si se toma en cuenta que la gran potencia del norte es el primer productor mundial de valiosos y a veces insustituibles bienes y servicios, la de mayor productividad derivada de su alto desarrollo tecnológico y científico, el más cotizado mercado con inversiones y propiedades prácticamente en todo el mundo, e histórica y geográficamente el más cercano a las costas cubanas.

Quienes han enfrentado cotidianamente tal desafío tienen derecho a decir, sin exageraciones, que no saben con exactitud cuántas vidas humanas se han salvado durante cinco décadas de férreo bloqueo impuesto a la mayor de las Antillas por once administraciones norteamericanas.

Desconociendo el bloqueo es imposible apreciar en su justo valor cuanto funciona en el país pese a limitaciones materiales, debidas a la imposibilidad de acceder al mercado externo, a créditos a largo plazo o a recursos financieros inmediatos para afrontar los costos adicionales exigidos por empresas de terceros países que se arriesgan en operaciones comerciales con Cuba.

En opinión de conocedores del tema, nunca se podría hallar una cifra que refleje con objetividad el daño causado a Cuba como resultado de las sanciones económicas y financieras promovidas por Estados Unidos, aunque las autoridades cubanas desde hace años se esfuerzan por hallar cálculos aproximados.

Conservadoramente, la estimación a mediados de 2012 sobrepasaba los 108 mil millones de dólares, a precios actuales.

La inteligencia de la nación para sortear escollos aparentemente insalvables, el tesón de millones de cubanos negados a rendirse ante la insistencia del gobierno vecino, que sigue considerando a la Isla como enemigo y, sin duda, la amistad y solidaridad de personas de buena voluntad en todo el mundo, han producido el milagro de la sobrevivencia cubana, que inspira y aún asombra a muchos de los visitantes interesados por el desarrollo de la mayor de las Antillas.

NI PRETEXTO NI LEYENDA

A pesar de las realidades más o menos visibles en cualquier sector de la vida nacional, no pocos ciudadanos piensan que el bloqueo es algo ajeno a su vida personal y familiar, y no lo vinculan por tanto a su rutina cotidiana de subsistencia

Hay también quienes lo creen leyenda, ante la imposibilidad de materializar ambiciosos proyectos de desarrollo que requieren voluntad, disciplina y cuantiosos recursos financieros y materiales, cuya realización exitosa podría satisfacer en mayor medida anhelos superiores de bienestar y justicia social

Quienes así piensan, sin más elementos de juicio, coinciden de alguna manera con los que, desde posiciones ejecutivas, disfrazan con el bloqueo su burocracia, ineptitud e ineficiencia, incapaces de afrontar con dignidad y vergüenza los reclamos de las más altas autoridades políticas y estatales de la nación.

Esta diversidad de criterios se entiende mejor a partir de premisas históricas que han derivado en la coexistencia de varias generaciones de cubanos:

Como se ha comprobado, más del 70 por ciento de la actual población de la Isla nació y llegó a la adultez siendo víctima de una política extrema de castigo sin comprender qué delitos se le impugnan a su nación para padecer una sanción tan desproporcionada y duradera.

Compartimos como cubanos y cubanas este archipiélago ubicado en el Mar Caribe, al parecer maldecido por sucesivos gobernantes de Estados Unidos debido a nuestra invariable resolución colectiva de mantener la soberanía nacional y elegir el sistema político, económico y social que decidimos por nuestra cuenta.

Esa y no otra es la razón principal que impulsó a la administración de John F. Kennedy a firmar la Resolución que oficializó la brutal sanción en febrero de 1962, el mismo año en que ocho meses después se desataría la Crisis de los Misiles, colofón de una política agresiva que incluía el bombardeo masivo sobre la Isla y la invasión por tropas norteamericanas, si no se accedía a retirar los cohetes de alcance estratégico y los bombarderos ligeros traídos por la Unión Soviética.

La decisión que asumió entonces el presidente demócrata escalaba un punto lo que su predecesor republicano Dwight D. Eisenhower había emprendido, desde comienzos de 1960, con la suspensión de la tradicional cuota azucarera de la cual dependía la salud de la economía cubana, la negativa a vender petróleo norteamericano y luego a refinar el crudo soviético en sus refinerías, entre otras cruciales medidas para destruir la economía y rendir por hambre a los cubanos.

Los misiles fueron retirados de Cuba, pero el bloqueo continuó hasta nuestros días, complementado años después con leyes como la Torricelli y la Helms-Burton.

La historia en adelante es bien conocida. Los principales ejecutivos de Estados Unidos se han inventado todos los argumentos posibles para mantener las sanciones contra Cuba: desde impedir la extensión de la influencia comunista en el área, hasta las últimas campañas sobre supuestas represiones a derechos civiles, pretexto para continuar subvirtiendo el orden interno del país y tratar de imponer mercenarios como líderes y organizaciones políticas diseñados según el interés de Washington.

Lo que no dicen los artífices de esta guerra económica es que su permanencia constituye una seria violación del derecho a la autodeterminación, rebasa la legalidad aprobada en convenciones internacionales y se califica como genocida en los propios marcos de esas regulaciones.

El bloqueo está dirigido contra el pueblo cubano, daña a todos los sectores y familias que residen en la Isla y a sus parientes más allá de las fronteras nacionales, y deja sentir sus efectos en las prohibiciones que establece para los ciudadanos norteamericanos y el régimen de sanciones que se aplica para individuos y entidades jurídicas de otros países. 

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