El título no me resultó prometedor en un principio: Art-Mortem. ¿Otra crónica prematura del largamente anunciado "fin del arte"… De nuevo la falacia de un ejercicio apocalíptico a lo Nostradamus? Para cambiar mi disposición, el subtítulo lo aclaraba todo: "La muerte en el (y no del) arte contemporáneo cubano". Y allá voy, hacia la Casa Benito Juárez, el rincón de México en el Centro Histórico…
La ocasión es rigurosamente apropiada: 2 de noviembre, el Día de Muertos. Aunque de esto todavía no había tomado conciencia antes de llegar. En una fecha así, los nativos de la isla de Cuba no nos levantamos de la cama con sentimientos mortuorios; tampoco presintiendo los vínculos con el Más Allá.
Pero los descendientes de los aztecas sí arrastran esa tradición desde los tiempos prehispánicos, cuando adoraban a la "Dama de la Muerte", Mictecacíhuatl, y a su esposo Mictlantecuhtli, "el Señor de la Tierra de los Muertos". La data reviste importancia también para los católicos, que coinciden al celebrar su "Día de los Fieles Difuntos" y "de Todos los Santos".
Otras culturas poseen igualmente el suyo, como Brasil y su "Dia dos Finados"; y unos días antes, el 31 de octubre, en que Estados Unidos pasa su "Noche de Halloween", en remembranza de un viejo ritual celta que abre la puerta entre ambos mundos, el de los vivos y el de los muertos.
Aquellos tienen su "Jack O'Lantern" (la calabaza ahuecada con rostro y vela adentro) y la broma del "Truco o Trato". Los mexicanos tienen a "la Catrina", la imagen de una Parca transfigurada con vestidos de mujer que les creó el artista José Guadalupe Posada y ha sustituido a la fúnebre deidad azteca.
Tienen ellos, además, sus altares de muertos, con los retratos de finados, sus dulces en forma de cráneo, las coronas y búcaros floridos… Y justo uno de esos recargados altares fue con lo primero que me topé al entrar en el caserón de la esquina de Obrapía y Mercaderes, a manera de preludio a la exposición Art-Mortem.
La muestra anuncia 19 variaciones desde el arte cubano sobre el mismo tema. Antes de recorrerla, pienso en los signos identitarios que separan las relaciones con la muerte en las distintas culturas. Algunos pueblos tienen sus fechas y rituales con los que socializan la pérdida, el duelo, el fin de una vida…, en los que reivindican a escala pública esa circunstancia límite de la existencia.
Mientras que nosotros, los cubanos, somos un pueblo de muertes privadas, de adioses y recuerdos silenciosos. Tal vez por ello sea tan necesario asomarnos a la mirada que el arte de los nuestros, como expresión original de los individuos, posa sobre la Muerte.
EL MÁS ALLÁ DESDE LA ISLA
"Dimensiones semióticas, antropológicas, sociológicas"… "Matices que oscilan desde lo mítico hasta lo humorístico"… En todo esto, según Daineris Peña y Kirenia Rodríguez, las curadoras de Art Mortem, nos permitirán inquirir las obras expuestas. Aunque el asunto ya planeara desde las generaciones de la vanguardia (Fidelio Ponce, por ejemplo), es con la actitud indagatoria de los 80 y en lo adelante, que la muerte llega a concretarse como "una corriente temática definitoria en la producción artística actual".
En tierra de sincretismos y convivencia de cultos, la muerte entra al imaginario social con múltiples disfraces religiosos. Los dibujos de Hilda María Rodríguez, la colagrafía de Belkis Ayón y la pintura de Santiago Rodríguez Olázabal explican sobre la herencia africana. La "Sabana Santa" de José Ángel Toirac (una de las obras más significativas en todo el conjunto) nos remite a una reliquia católica, el Sudario de Cristo.
A los objetos humanos, tanto residuos de la memoria como artefactos denotativos de lo porvenir, acuden en la fotografía José Luis Díaz Montero ("Leyendas") y Juan Carlos Romero ("Lista de espera"); dejando sembradas imágenes de la muerte que no sólo transitan por sobre las distintas dimensiones humanas de la temporalidad, sino que también iluminan episodios trágicos de la cotidianidad, como la azarosa emigración enfrentando los mares o la precariedad económica y social.
Las lecturas de la cultura universal y la transposición de sus simbologías sobre la muerte motivaron a otros artistas. William Hernández cruza en su grabado visiones medievales con el expresionismo de Edvard Munch; mientras que Sandor González en su dibujo-instalación anticipa una siniestra agonía del Quijote. El "Rosario" de Luis Gómez es una video-proyección que teatraliza toda la carga de alegorías que rodean a la muerte.
En esta misma dirección apunta una gigantesca xilografía, "La Divina Comedia", incautación al clásico literario del italiano Dante Alighieri en la que Julio César Peña vuelve a sus características calaveritas, que a su vez son una apropiación de las de Posada. La recontextualización del culto funerario egipcio que hace Guillermo Ramírez en su proyecto de intervención en los "camellos" (autobuses) urbanos, además de hilarante, pone la nota descriptiva sobre el difícil contexto nacional.
El status paradojal de la muerte renace en "Demostración", una instalación de Frank Martínez en la que caballetes portan coronas que conforman la palabra Vida. Otras piezas, como las de Rodney Batista, Raciel Gómez y Duvier del Dago, parecen discursar sobre la actual polisemia de una visión "escatológica", donde se inviste de significados tanto "del fin del mundo" (o de la especie humana), como de la decadencia del individuo o de los valores humanos.
El repaso exhaustivo se completa con piezas de Agustín Bejarano, José Ángel Vincench, Osmany Betancourt y Susana Pilar Delahante Matienzo. A pesar del nombre de la muestra y lo escalofriante del tema, no predominó en la selección de las obras un interés sensacionalista. Predomina la alusión sesgada antes que lo explícito; el humor, la reflexión y la ironía en vez de lo grotesco.
La muerte, presencia ineludible en el camino por la existencia, es motivo para reflexionar y entender… antes que para asustarse y correr. Algo así presiento que se nos quiso decir con esta Art-Mortem.
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Fuente: EXCLUSIVO,
06/11/09