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El Comandante de la Revolución, Juan Almeida Bosque.
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Las fotos de su prolífica vida destacan la sonrisa del Comandante Juan Almeida Bosque.
Plena y limpia como la causa a la que dedicó su talento de guerrillero y artista, en la cual ejerció magistralmente desde su cátedra de ética, modestia y antítesis de la fanfarria.
No siempre el héroe de Uvero muestra ese plácido semblante, aunque en todas resalta la noble transparencia de una existencia consagrada a la defensa de la Revolución.
Almeida, casi siempre detrás o en una esquina de la foto, junto a Fidel, bajando a saltos la escalinata del Presidio, al lado de Raúl, sus dos hermanos, que como dejó dicho en un breve testimonio, nunca le hicieron sentirse inferior por ser negro, ni por albañil, ni porque sus padres carecían de recursos para dar de comer a los doce hijos.
Ahí está él, en la foto que tomó el propio Frank País en las montañas luego del desembarco, con la sonrisa medio apagada por el cansancio y el hambre, pero sintiéndose por primera vez libre y respetado, con sus compañeros de guerra y de la clandestinidad santiaguera.
En esa otra, tal vez la primera que le hicieron en la Comandancia de La Lata, donde estableció la Jefatura del Tercer Frente Oriental que él fundara y dirigiera, también la sonrisa a flor de labios, caudalosa como los ríos y arroyos de la Maestra, la sierra que admiraba y describiera con su floresta silvestre y los campesinos que lo cuidaban como a un hijo, muchos de ellos descendientes de haitianos emigrantes que poblaron de café las montañas.
Y se extraña el testimonio gráfico de la única con Charo, cuando ella subió al Frente para ver a su "Macho", el segundo y querido retoño, tantas veces perseguido por los policías allá en el reparto Poey, donde residir se le hizo más insoportable que en el presidio, pues a la falta de trabajo le agregaron los continuos allanamientos y arrestos para mantenerlo controlado.
Hasta que no pudo más y con la ayuda de un amigo y el esfuerzo de su padre Juanito montó a un barco que lo condujo a Veracruz, y de ahí por tierra al Distrito Federal , para unirse otra vez con Fidel y Raúl y el resto de los combatientes en la expedición del Granma.
Los contemporáneos no se olvidarán de enero 8 de 1959, cuando regresó fugazmente al barrio con el uniforme de comandante rebelde, saludando a todos los que no veía desde hacía más de dos años, fusil ametralladora al hombro, pistola automática a la cintura, diestro en usarla como pocos, capaz de cargarla con la mano izquierda, la misma que escribió órdenes de combate, bellísimas canciones y conmovedores relatos.
La Revolución no se hizo para repartirse cargos entre familiares y amigos, como muchas veces ocurrió en la historia de Cuba, pero el sacrificio del Moncada, el llano y la Sierra tenía un compromiso con los centenares de miles de desempleados, con los que habían botado de sus puestos por oponerse a la dictadura, y con los desamparados por la vida y la desidia de los opulentos.
Entre ellos, había muchas mujeres, jóvenes y negros de los barrios más pobres de la capital, Poey entre ellos, contra quienes se ensañaba la injusticia social.
Almeida oía a todos los que acudían a su ayuda, rehuía al oportunista de última hora, y con su proverbial tino explicaba que la Revolución tendría en cuenta a los humildes para asegurarles un modo de vida, trabajando, porque la victoria de Enero era solo el inicio de un largo bregar que acabaría con el desempleo y borraría el pasado turbio a que condenaba aquella república.
Siempre con esa sonrisa que era también la de las grandes concentraciones de masas, la que brotaba en su quehacer como jefe militar y dirigente revolucionario y en su contacto permanente con el pueblo, dondequiera que estuviese y a cualquier hora.
Era la mirada pícara y la cara complaciente que seguía las palabras de Fidel en el inolvidable acto del estadio latinoamericano, en octubre del 60, y acompañó cada nombre de empresa norteamericana nacionalizada con el estribillo "Se ñamaba", parodia de una frase del general mambí Quintín Banderas, patriota negro y valiente como él, humillado por los traidores a la causa independentista y las autoridades norteamericanas de ocupación.
Los héroes no son de piedra ni dioses bajados del olimpo. Almeida no lo era, nunca lo creyó, a pesar de llevar sobre su pecho las más altas distinciones que se entregan a los patriotas que dan el máximo por su país y su pueblo. Cuentan que sólo las aceptó luego de que conversó con su hermano Fidel. Raúl también las recibió ese día, al cumplirse cuatro décadas de la orden dada por el Comandante en Jefe para que salieran a crear los dos frentes rebeldes.
Casi seguro la razón última de su disciplinada actitud fuese otra expresión del respeto y lealtad al Jefe, cuyos argumentos superaron su modestia, y de ser alumno de su magisterio nunca ocultó el orgullo que sentía.
Veo este domingo su foto con el uniforme de Comandante de la Revolución, menos sonriente que otras veces, los ojos incrédulos ante tantos miles de personas que hacen cola en la capitalina Plaza de la Revolución bajo el imponente sol del mediodía de septiembre 13 para rendirle postrer homenaje. Es obvio que no le pudieron consultar, se sabe cual hubiera sido su respuesta.
Desde lo alto, por sobre el caimán verde, una plácida sonrisa remonta el archipiélago acompañada de una voz tronante: "Aquí no se rinde nadie…C", mandando para siempre a las actuales y futuras generaciones de cubanos.
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Fuente: EXCLUSIVO, 13/09/09