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El bailarín Carlos Acosta, el León de ébano cubano.
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Una frase de Carlos Acosta, el León de ébano cubano que dignifica el Royal Ballet, dicha frente al delirante público que lo aclamó junto a bailarines de esa compañía inglesa en las afueras del Gran Teatro de La Habana, debería esculpirse para la historia entre nosotros, con la misma adoración de aquella de Julio César a una orilla del Rubicón.
Alguien argumentará que le faltó altura conceptual, y hasta académica si se quiere, con aquello de: "! Este es el Royal en La Habana caballero!", proclamado entre aplausos estremecedores; pero el mulato convertido en estrella refulgente de la danza internacional tendría mucho y muy bueno para defenderse.
Lo primero que enaltece su sencilla y cubanísima frase, y su delicado gesto fuera de toda solemnidad, es que demuestra que no cruzó el océano hasta esta orilla de la "periferia del mapamundi" —como se creerían otros— para restregarle a sus coetáneos que unas pocas sesiones de bailes sobre las tablas del Reino Unido lo convirtieron en Lord.
Carlos Acosta demostró con su inesperada y bendita salida a dialogar con quienes siguieron la actuación de la compañía inglesa por unas enormes pantallas, que las urgencias existenciales, o quien sabe cuántos vendavales o buenos aires, nos pueden empujar a otras orillas, pero el alma puede seguir habitando por acá, entre esta tierra de playas, quimeras y palmeras.
El bailarín pudo dedicar años a darse lija en el ombligo por el salto que lo llevó de la temperamental Habana a la fría y empaquetada Londres, solo que no olvidó que fue en esta ínsula de calores y esfuerzos sofocantes donde se le talló con delirio su genialidad artística.
La visita del Royal a la Isla, nacida de la pasión del bailarín por darle ese regalo a su pueblo, sus colegas y maestros, cual uno de sus embajadores entusiastas, es también una retribución a su país, que aunque pobre, levantó y sostiene una lujosa compañía y escuela de bailarines, asombro mundial en medio de sinsabores y carencias.
Tal vez por ello no usa su prestigio para armar o alimentar algarabías contra Cuba —como otros que aún no desembarcan en tierra extraña y ya están frente a micrófonos a la venta de su pasado—, sino para estimular su contacto y su lazo con el mundo; y lo que es más maravilloso, para reconciliarla con su diáspora.
Sí, porque este paso fugaz de Carlos Acosta nos deja también esa otra estela esplendente; esta vez contra nuestros absurdos o bien fundamentados prejuicios: no todos los que se alejan es porque nos abandonan o traicionan para siempre.
Consulte además
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Fuente: EXCLUSIVO,
24/07/09