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Washington apuesta a la “solución biológica” del caso cubano, pero salvo circunstanciales baratijas no tiene nada que ofrecer al relevo
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Al tiempo que la dirección histórica de la Revolución Cubana afirma que la continuidad del proceso político en la Isla está asegurada por las nuevas generaciones, entre los eternos enemigos de la Isla se aspira a todo lo contrario a partir del criterio de que la juventud de la Mayor de las Antillas es indiferente a las metas socialistas.
Para los agresores, se trata de magnificar en todo lo posible las perceptibles repercusiones negativas que en las ideas y la conducta de cierto número de ciudadanos, algunos de ellos jóvenes, han tenido las limitaciones de todo tipo originadas por el prolongado bloqueo imperial al país, su aguda profundización luego de la desaparición de la URSS y del campo socialista europeo, y las propias y lógicas insuficiencias del devenir revolucionario como obra humana al fin.
Sin embargo, bien vistas las cosas, valdría la pena preguntarse si son el capitalismo y la actuación histórica de Washington con respecto al pueblo cubano, incentivos válidos para las noveles generaciones de nuestra tierra.
Las luchas revolucionarias en Cuba contaron siempre con la valiosa y masiva presencia de la juventud. En los ejércitos libertadores de las dos primeras grandes gestas independentistas contra el colonialismo español, jóvenes campesinos, estudiantes, y de la incipiente clase obrera, hijos de ilustres cunas o provenientes de las más humildes familias, no vacilaron en marchar a los montes a combatir por la libertad. El propio José Martí, a la edad de 16 años, ya sufría los rigores de las cárceles coloniales por su intransigencia ante el poder foráneo.
Jóvenes fueron los ocho estudiantes de medicina fusilados por las tropas hispanas en La Habana en noviembre de 1871, y que se sumaron a los primeros mártires insignes de la juventud de nuestra nación.
En la república mediatizada, que surgió por obra del injerencismo militar norteamericano en la última contienda patria contra la corona ibérica, los jóvenes volvieron a la carga frente a la dominación imperial y los desmanes de los regímenes locales de turno aupados por la Casa Blanca.
Líderes estudiantiles como Julio Antonio Mella o Rafael Trejo, descollaron por su identificación con las ideas más revolucionarias de su época y su vertical antiimperialismo, al precio de sus propias vidas. A esa lista de radicales combatientes noveles pueden agregarse Rubén Martínez Villena y Antonio Guiteras, entre otros muchos.
Y cuando el dictador Fulgencio Batista fue signado por los Estados Unidos como el "hombre fuerte" de Cuba y consentido y aupado en su asalto al poder el 10 de marzo de 1952, fue la juventud cubana la primera en oponerse al zarpazo pro imperial.
Fidel Castro y sus compañeros de fila entregaron sus años mozos a la lucha revolucionaria definitiva por la emancipación nacional. Bajo su dirección se produjo el 26 de julio de 1953 el asalto al Cuartel Moncada y posteriormente, el 2 de diciembre de 1956, el desembarco del yate Granma y el inicio de la lucha guerrillera que terminaría con la victoria popular del primero de enero de 1959.
Durante aquella enconada contienda, también los estudiantes cubanos asaltarían a balazos el palacio presidencial de La Habana en marzo de 1957, en una gesta heroicamente inédita que costó la vida, entre otros valerosos jóvenes, al eterno presidente de la Federación Estudiantil Universitaria, José Antonio Echeverría.
Para toda la juventud cubana la naciente Revolución abrió un universo de esperanzas y la real posibilidad de hacer patria. Jóvenes integraron desde el primer momento las Milicias Nacionales Revolucionarias, que entrarían en victorioso combate en Playa Girón en abril de 196l, o ese mismo año formaban parte de las brigadas de alfabetizadores que en pocos meses enseñaron a leer y escribir a los iletrados de la Isla.
Muchos pasarían a las aulas a convertirse en especialistas, científicos, combatientes con alta preparación, médicos u operarios calificados, e infinidad de ellos cumplirían humanas y riesgosas misiones internacionalistas militares y civiles en numerosos puntos del orbe.
¿Y que reservaron para esa juventud Washington y sus consortes? La muerte a manos de bandas asesinas del joven maestro voluntario Conrado Benítez y del adolescente alfabetizador Manuel Ascunse.
Atentados contra aviones, buques, cinematógrafos, escuelas, comercios, hoteles, poblados o entidades cubanas en el exterior, que hirieron a niños y adolescentes o les dejaron huérfanos, así como letales epidemias inducidas que cegaron la existencia de decenas de inocentes.
Una despiadada guerra económica de casi medio siglo que ha hecho que más del setenta por ciento de la actual población cubana no conozca otra cosa en su vida que los rigores materiales y espirituales impuestos por tan salvaje cerco, catalogado de genocidio por las leyes internacionales.
Un bloqueo que, entre otras brutalidades, niega medicamentos a nuestros pequeños enfermos de cáncer, que no permite a los niños invidentes contar con medios de lectura, o que priva a los estudiantes de arte de instrumentos musicales, entre otras barbaridades.
Y esa historia no está oculta. No es materia privativa. La conoce y la sufre la juventud cubana, y seguramente no dejará de tomarla en cuenta a la hora de elegir y de definir opciones para el mañana, más allá de ilusos y confundidos. Para suerte nuestra, el devenir de la patria se ha encargado de confirmarlo hasta hoy.
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Fuente: EXCLUSIVO, 23/07/10