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Rubén Martínez Villena, revolucionario íntegro.
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Cuando Nicolás Guillén, entonces flamante presidente de nuestra Unión de Escritores y Artistas, quiso hacer una sala —pequeña y ya histórica— de reunión y promoción cultural para la organización no encontró otro nombre que el de Martínez Villena para consagrarla. Era el de un poeta sin olvido. Su vida fue fulgurante. Su obra poética, aunque escasa, de huella duradera.
Ahora, el nuevo aniversario del nacimiento de Rubén Martínez Villena nos trae la más reciente edición de La pupila insomne, con los poemas que él, dotado como pocos de excepcionales dotes, jamás vio reunidos en libro. Durante los treinta y cinco años que duró su vida, los versos aquí reunidos le fueron surgiendo, al calor de realidades, sueños y propósitos; hoy sabemos que sobrepasaron su época como frutos de una vida excepcional. Son un legado para los jóvenes que ningún cubano sensible desdeña. Versos recordados y dichos por promociones sucesivas de lectores de nuestra patria.
Generaciones van y generaciones vienen. Silvio Rodríguez cantaría versos de Rubén —precisamente los que dan nombre al libro— en unas admirables tonadas.
Rubén ha sido y es fuente inspiradora. Ver su libro de nuevo en manos juveniles es motivo de alegría y fe, testimonio de vitalidad de aquel joven de las primeras décadas del siglo XX.
Había nacido el 20 de diciembre de 1899, en Alquízar, donde se le recuerda con especial devoción. La vida de lucha lo hermanó a Mella. Estamos acostumbramos a ver en Julio Antonio, junto a las dotes de dirigente, la estampa física del atleta, en Rubén los retratos y su misma vida nos lo acercan como una persona, si fuerte en ideas y en firmeza revolucionaria, endeble físicamente. No fue sólo un soñador. Fue un joven de acción y decisión tanto como de pensamiento. Incluso, en los años veinte pretendió aprender a pilotear para atacar al corrompido gobierno de Zayas.
Julio Antonio y Rubén se complementan históricamente como en vida se admiraron mutuamente. Mella, fue fundador del nuestro primer partido marxista, Rubén, su hermano, como abogado se batió en su defensa ante los tribunales machadistas. Carpentier, que los admiró y fue testigo excepcional de sus acciones, en su novela El recurso del método, da una versión de la entrevista de Rubén con Machado en defensa de Mella. Luego, ya Mella en México, Rubén ingresó en el Partido y llegaría a ser el alma del movimiento marxista y obrero de su época, llegó a dirigir la huelga general de agosto del 33, que obligó a Machado a abandonar el poder.
Ambos, Mella y Rubén llegaron al marxismo como lógica consecuencia de su militancia martiana y patriótica y el análisis de la situación cubana.
Ambos dieron su vida por Cuba. Julio Antonio, asesinado por órdenes de Machado en Méjico, el 10 de enero de 1929, Rubén, consumido por la enfermedad, sin abandonar un minuto la dirección de la lucha obrera desde su cama de enfermo en el hospital entonces llamado La Esperanza, donde está hoy el Julito Díaz, en enero de 1934.
Aunque Rubén escribió versos ocasionalmente, a lo largo de su vida, los del libro que ahora reaparece fueron, en su mayor parte, escritos alrededor de 1919, pequeñas obras maestras de un joven veinteañero.
Dedica sus rimas a los motivos que llenaron su vida. La patria cantada en bellos sonetos como el consagrado a la muerte de Maceo, el dedicado a Agramonte o el bien conocido "El Gigante", cuyas resonancias martianas advierte justamente Cintio Vitier.
Otros motivos patrióticos llenan sus poemas. Y está La Habana, con su paisaje urbano. Y naturalmente, el amor, entre otras composiciones en su Capricho en tono menor:
Suspiras y el seno heleno
se alza pleno en un sereno
anhelo azul de pecado
¡comba rosa! Fuera bueno
morir lleno de veneno
sobre tu seno rosado.
O el muy conocido "Sainete Póstumo".
Como se sabe, Rubén no vio su libro publicado. Una curiosa colecta —cuenta Raúl Roa, que fue su discípulo, amigo y sería, además de su editor, su biógrafo— hecha en vida de Rubén, en la que cada amigo daba veinte centavos, tenía el propósito de editarlo. Ante un desplante de Mañach, ya siempre enfrentado a Rubén, éste se negó a aceptar la colecta y la consiguiente publicación, anunciando que renunciaba a sus versos.
Dos años después de la muerte de Rubén, por el esfuerzo de Roa, pudo al fin aparecer el libro, en 1936, con prólogo del editor. Los que en vida rodearon a Rubén admiraron su patriotismo y su lealtad a la clase obrera y a la Revolución. Y sus poesías.
Hoy estos versos juveniles tienen el valor de su belleza y el de conservar destellos de aquella alma luchadora y pura.
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Fuente: EXCLUSIVO,
23/12/09