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Al estallar la actual crisis, de las arcas oficiales salió de inmediato el monto multimillonario para salvar a los propios causantes del gigantesco agravio.
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Mientras este julio, en la cayería de la región central de
Cuba, representantes gubernamentales de Venezuela y de la mayor de las Antillas alistaban más de un centenar de proyectos de complementación y colaboración bilaterales en el afán por integrar las economías de ambas naciones, en Washington todavía prevalecía el hedor de los enconos y piruetas en torno a una titulada ley de reforma financiera impulsada por la Casa Blanca.
Resulta precisamente el gran contraste. De un lado, dos pueblos hablan de apoyo mutuo, de sumar fuerzas, de solidaridad y respeto en la creación de una alternativa que destierre de los vínculos humanos la inquina, el menosprecio y la indecencia que caracterizan al orden internacional capitalista.
Del lado opuesto, los sectores del imperio se rasgan las vestiduras en medio de los devaneos por urdir mascarones de aparente seguridad económica que, sin estropear a los grandes especuladores, hagan creer al público que el riesgo de nuevas crisis financieras, bancarias, inmobiliarias, productivas y mercantiles ha sido conjurado.
Ciertamente, Washington vive por estos días un gran dilema que no puede ni quiere resolver. Es más, no está en capacidad de acometer siquiera su más leve modificación, porque sería atentar contra las reconocidas "bases del sistema".
Ninguna famosa "ley de control financiero" podría nunca apuntar a fondo contra los mecanismos bancarios, bursátiles y especulativos que impulsan el engranaje de poder en EEUU, porque sería serruchar el piso sobre el que se asienta la sociedad de consumo que se vende y propagandiza a diario como modelo íntegro, universal e infalible.
Y es que los gobiernos norteamericanos no son otra cosa, al fin y al cabo, que representantes políticos de ese mismo enjambre de fulleros, a la vez que guardianes celosos de su bienestar y libre albedrío.
De ahí que al estallar la actual crisis, de las arcas oficiales salió de inmediato el monto multimillonario para salvar a los propios causantes del gigantesco agravio hasta hoy vigente. En pocas palabras, los golpeados volvieron a financiar a los apaleadores.
Analistas norteamericanos ocupados en las discusiones sobre la titulada reforma fiscal de Barack Obama no tienen pelos en la lengua al evaluar la carencia de factibilidad del legajo.
Para el estudioso Paul Krugman y el grupo Americans for Financial Reform, por ejemplo, una vez revisado el proyecto presidencial por varias instancias legislativas, el resultado no ofrece el mínimo de exigencias que se requieren para proteger a las familias ni al sistema financiero en su conjunto.
De hecho, en lo que va quedando de texto ya no aparece la idea original de un organismo independiente y fuerte que proteja a los consumidores.
El juego queda entonces en manos de las instancias económicas comprometidas ciento por ciento con el poder de los bancos y de los intereses bursátiles. En todo caso, se establecería la apariencia de que existe un escudo oficial de defensa económica, pero tan sólido como una pared de papel frente a la loca borrasca de los grandes negociantes.
Al final, la noria del embuste vuelve a prevalecer, y mientras algunos ingenuos irán a la cama con la idea de que el sueño será reparador y tibio, la ruleta de los poderosos continuará sus incierto giro, donde el riesgo de empeorar el actual abismo se cuenta entre las fichas preferentes.
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Fuente: EXCLUSIVO,
28/07/10