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Una obra que provocará admiración y rechazo, de acuerdo a los modos de pensar y de actuar de los espectadores
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Una obra renovadora, aunque por momentos un tanto caústica, Ayer dejé de matarme, gracias a ti Heiner Müller fue estrenada en la sala Tito Junco del Complejo Cultural Bertolt Brecht y continúa este fin de semana planteando la eterna interrogante del protagonista que en ella se circunscribiría a aplaudir o abandonar la sala.
Se trata de una pieza audaz, de Rogelio Orizondo, en una puesta de Mario Guerra, con alumnos de quinto año del ISA, quienes la interpretaron como un ejercicio de fin de curso y lograron un trabajo actoral sumamente logrado, al punto que no parecía tratarse de estudiantes, sino de profesionales de la escena.
Más que una versión de Hamlet, protagonista de la obra cuyo nombre varía al perder la h y convertirse en Amlet, es un pretexto para aludir al clásico shakesperiano, del cual mantiene el tono trágico especialmente en Ofelia, un personaje desgarrado y desgarrador.
La obra plantea toda una serie de enunciados, según el director, Mario Guerra para emitir toda una serie de postulados que transgreden convencionalismos a partir no solo del texto, sino de las acciones de los personajes y de los complementos visuales y auditivos que le otorgan a la escenificación un carácter multidisciplinario.
Esta categoría está dada por un oportuno empleo de medios audiovisuales, el primero de los cuales presenta una fiesta callejera con una comparsa que repite incesantemente una mala palabra, y le otorga diferentes inflexiones, siempre manteniendo el ritmo de la música de fondo.
De la obra solo se utiliza como referente el hecho de que Ofelia y Lear son hermanos como en la tragedia shakesperiana. Arlet es un joven dramaturgo que intenta renovar el teatro actual, al enjuiciarlo como algo caduco y sin posibilidades de transformar sus códigos y estructura, sino que su única alternativa es desaparecer. Entra en contradicción con los planteamientos estéticos y artísticos que identifican a las vertientes del teatro actual.
El intérprete de este personaje Aleg Castillo demuestra en escena una versatilidad nada habitual en un actor que comienza a medir sus armas y durante el transcurso de la escenificación va sorprendiendo paulatinamente al espectador por su desenfado al dialogar con el público y la naturalidad con que despliega su cadena de acciones hasta culminar su presencia escénica con un breve solo de danza contemporánea que además de denotar un dominio de la técnica, conlleva una carga expresiva que llega a estremecer.
La puesta posee una característica que le otorga un especial relieve pues Mario Guerra, el director, ha sido profesor de estos cuatro estudiantes desde el primer año de la carrera y los ha ido formando y trabajando en ellos sus posibilidades creativas y artísticas, lo cual queda de manifiesto a lo largo de la representación.
El propio Mario forma parte del elenco y se convierte en algo así como un guardián y llega a acciones un tanto violentas que le otorgan un carácter de carcelero quien encuentra una cierta resistencia en los muchachos que, a veces, le desobedecen, olímpicamente, al romper esa dependencia que intenta imponerles en la ficción.
Otro personaje no humano también forma parte de la puesta y me refiero a la gran piscina que deviene un escenario dentro de otro, que aloja a los jóvenes desde el comienzo y se lanzan a ella en el epílogo sin salir de su interior, hasta que los espectadores no abandonan el recinto escénico.
Una obra que provocará admiración y rechazo, de acuerdo a los modos de pensar y de actuar de los espectadores, muchos de los cuales se integran a ella en las escenas de diálogos, cuando Arlet prepara una tortilla en escena y brinda porciones con pan a los más cercanos, o en el instante en que el director solicita a a los asistentes que suban a escena para participar en una coreografía improvisada de baile y hasta plantea que si no suben no puede continuar la función, todo lo cual se traduce en pasajes interactivos que despiertan actitudes negativas, positivas o escepticismo.
Tras la muerte de Ofelia y su regreso del mar, totalmente desnuda, pues las vestimentas o su ausencia serían justificadas, aunque su gestualidad no implicó ningún tipo de erotismo, hubo comentarios desfavorables de quienes no entendieron la logicidad de la ausencia de vestuario de ese espectro surgido de las aguas.
Mucho que decir sobre este pretexto que quizá escandalizaría a William Shakespeare o también podría invitarle a incorporarse a esta trama con mucho de postmodernidad que, por momentos, deviene un juego escénico, en el cual el humor llega de diferentes formas y da qué pensar, como el resto de este montaje tan joven como sus intérpretes que ponen a consideración del público su tesis de graduación del Instituto Superior de Arte que podría calificarse de alto voltaje en intensidad y calidad, sin la perfección absoluta que resultaría ampulosa y hasta incomprensible, en un desaliño que le otorga la frescura del reto a la teatralidad.
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Fuente: EXCLUSIVO, 23/07/10