De aquí para allá, la última exposición acogida por el Centro Provincial de Artes Plásticas y Diseño de La Habana, sito en la venerable esquina de Luz y Oficios, invita a pensar en cuánto la ejecución en solitario de la vocación —o sacerdocio— del arte, ajeno a las enseñanzas y modas de las Academias, está contribuyendo hoy a la diversidad formal, temática y estilística del arte en la Isla; y, sin embargo, no siempre se justiprecia la labor de estos "alquimistas de sí mismos".
La historiografía y la crítica del arte en Cuba suele a la hora de armar sus recuentos y cartografías, evolutivas o generacionales, morder el anzuelo fácil de armar sus listas a base de los nombres que salen graduados de las escuelas o instituciones "fabricantes" de artistas y currículos, antes que detenerse a reunir también los destellos dispersos de la producción artística de aquellos que han emprendido su formación de manera autodidacta.
Por ello, al verlos aglutinados en una propuesta curatorial que coloca justamente bajo el foco central esta vía de autogeneración de un oficio y obvia otros asuntos, como pudieran ser las edades, temáticas o modalidades técnicas; se dejan enmarcar muchos elementos característicos, en los cuales sería arduo reparar de otro modo.
Primero, resalta la heterogeneidad y la búsqueda de formas expresivas sobre los más diferentes soportes, especialidades artísticas y temáticas. Hay escultores (Víctor Santos Viera), numerosos fotógrafos (Mabel Llevat, René Rodríguez Hernández, Carlos Fernández), artistas digitales (Pedro Mora, Evelio Pérez Paula), grabadores (Luis Lamothe, Jesús "Chucho" Romeo, Ismael Vanteur, Paulina Márquez) y hasta un miembro destacado del exiguo club de la miniatura (Manuel Milián).
La pintura tiene numerosos exponentes, y contrario a lo que quizás muchos pensarían, los abstractos (Jesús Lara Sotelo, Mayito González) no forman mayoría y sí hay una amplia representatividad de figurativos (Salvador González, Iván Rodríguez de la Torre, Rafael Pérez Alonso). Y entre ellos, algunos alcanzan un grado de singularidad notable en su obra, como Rubén Fernández Leal, que se aproxima a los desafíos del arte óptico y exhibe una pintura tridimensional.
Segundo, se descubren varias firmas de artistas que han logrado alcanzar por medios propios notas suficientes de calidad formal o gestos innovadores, por los que sus nombres están ya integrado al reducido corpus de artistas consagrados y exaltados por la crítica y los espectadores. Así, en las paredes de la galería apreciamos obras del fino paisajista Ernesto Estévez, de Gustavo "Cuty" Echevarría, un pintor trasgresor con el tema del erotismo; el virtuoso de la abstracción matérica Jorge L. Santos, el expresionista Eduardo Expósito; y otros como el pintor Asbel G. Dumpierre o Juan Carlos Peña, un grabador premiado en eventos internacionales.
Otro rasgo que en la ronda de los autodidactas se deja percibir, es la posibilidad de que esta clase de artistas —conscientemente o no— estén buscando eludir, o desmarcarse, de las modas más extravagantes, rutilantes o posmodernas del arte actual; y de ahí que la noción de "la obra en sí" predomine sobre "la idea", "el concepto" o "el proyecto"; y tampoco se involucren en las modalidades y soportes (instalacionismo, videoarte, etc), que hacen ola o marejada dentro de "todo arte contemporáneo que se respete" (irónicamente hablando).
Por último, De aquí para allá nos brinda la oportunidad de reconocer a una banda bastante ancha de creadores cubanos que asumen las artes visuales como una suerte de "violin d' Ingress", hobby o segunda naturaleza sobre la que verter sus inquietudes expresivas. Es el caso del afamado actor de Fresa y Chocolate, Jorge "Pichy" Perugorría; la etnóloga que reveló el panteón de los Orishas, Natalia Bolívar; músicos como Ireno García y Roberto "Bobby" Carcassés, entre otros que descubriremos ahora en funciones de pintor.
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Fuente: EXCLUSIVO,
22/10/0